|
HERMOSILLO, SONORA. MX. 25JUN2011.— Así como suele distinguirse el horror mexicano del sajón —o más precisamente del inglés—, desde México cabría preguntarse si sucede lo mismo con lo mágico. Es decir y en similitud que, para los sajones la magia está fuera de uno mientras que entre mexicanos lo mágico vive dentro de nosotros. Y digo magia a falta de otra palabra. Los conocedores le llamaron hiperrealismo, mucho antes que tal palabra fuera de uso corriente en los Estados Unidos porque — y merced a una torpe transliteración en Francia— se llamo surrealismo, equívoco calificativo como es decir “abajo de la realidad”, un sentido diferente al concepto francés donde se busca una cierta otredad que viene de los sueños, del automatismo, del despojarse de lo real-visible para alcanzar lo real-secreto, espontáneo y a cultural, quizá en recuerdo del “naturalismo” de Jean-Jacques: La subversión de lo consciente que tanto exploraría Freud más adelante.
Pero no confundamos. Picasso dijo “El arte es mentira”, si la verdad es lo ilusorio de nuestra percepción, cuando apelmazamos átomos y creemos en solideces supuesta, científicamente mensurables, manejables. Así, el arte es otra mirada en inocencia sobre lo que reciben los sentidos y —como ciega voluntad perfeccionista— la obra de arte idealiza lo material en objetos (esculturas, danzas, filmes…) que aspiran a significar lo perfecto. El artista es un mejorador, un ordenador, un zambullidor que deja a un lado las experiencias diarias. Sus obras son siempre una propuesta de mejora, un deseo por personificar las cosas palpándolas en su (nuestra) esencial pureza de sentimiento. Por eso un poema vale cuando acuña versos donde las formas y los mensajes son nuevos, diáfanamente diferentes a todos los sentimientos, de todos los días, de todos los ciudadanos comunes.
Hay magias y magias: Toda obra de arte es de suyo mágica por creativa e inquietante, por reveladora del secreto resorte de su contemplador. Pero en Leonora Carrinston la magia es doble, gozando como goza de un hálito de divino misterio de encantamiento que estaba sumergido hasta que la pintora y escultora lo extrae para obligarlo a emerger. La obra asombra tanto como a quien la hizo; la obra asombra al que osa acercársele. La magia de la Carrington es pues doblemente arrobadora. Y feliz (no por su factura impecable sino por el acierto que produce). Esta es la manera como un artista cumple su cometido social: nos despierta con sus preguntas inquietantes. Porque el verdadero arte sólo pregunta; nosotros buscaremos nuestra respuesta individual como reacción ante el estímulo. El gran arte se da cuando la mayoría de las respuestas individuales coinciden y, al final se da cuando la mayoría de las respuestas individuales coinciden y, al final perviven en la historia, nutriendo la cultura. Por eso Leonora siendo de cuna inglesa, llegó a México y produjo en este país alimentando nuestra cultura sin más afán que hacerlo entre sus muy suyas ensoñaciones.
Las “respuestas verdaderas de la supuesta realidad nuestra” las da la ciencia. A nosotros nos corresponde la emoción contagiada; ya los eruditos del arte nos dirán cómo y por qué lo hizo pero eso es lo menos importante. Lo que cuenta es la electricidad del hallazgo conmovedor.
La maestra Carrington murió en ciudad de México el pasado 28 de mayo. Como es sabido, muerto el autor la obra cobra mejor la significación independientemente, colectiva y casi siempre cierta.
He olvidado quién fue el pintor (sería Olivier según —otro extranjero mexicanizado?) que dijo anti climáticamente: “pinto lo que la pintura se deja pintar” (RCE-junio 1, 2011)
|