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HERMOSILLO, SONORA. MX. Hoy recuerdo, muy gozosamente al año de su partida de éste nuestro mundito, al Carlos Monsiváis artista. Me permito calificarle de este modo ateniéndome a la definición personal de lo que un artista es: una persona que busca ante todo — y acaso contra todos— a mejorar el mundo que le han heredado la patria, la familia y ese racimo de circunstancias que le brinda la cultura —nuestra forma de vivir: el arte sirve para reordenar. El apunte que aquí sigue es absolutamente sesgado porque trato ante el lector de mi Carlos Monsiváis.
Su personalidad ha sido tan fuerte que me penetró aún sin tratarle en persona y su talento ha venido permeando mi propia visión del mundo que compartimos por 47 años de México, sin conocernos.
Primero me enseño a amar la radio. (cuando ingresé a mi primera escuela pública —en la UNAM—, Monsi nos solazaba cada fin de semana con su emisión en vivo donde, reencarnando a Guadalupe Posada, surgiría el germén de su muy celebrada sección Por mi madre, bohemios, impresa en la revista Siempre!; Desde 1963 Radio UNAM me educó en tan soberbio arte de la mano suya al paso que Eduardo Mata y luego Carlos Chávez me iniciaron en la gran música —otra tormenta eléctrica para siempre, en alas de la Orquesta Filarmónica de mi primera Alma Mater).
Luego le descubrí su veta corrosivamente feliz para miarnos y decírnoslo sin aspavientos; lengua, ese español del mexicano que siendo tan rico nosotros si acaso arañamos por las ramas. Más adelante supe de su inmersión en las cosas de la gente como opuestas a los pretendidos lauros del político de moda. Pronto le aceptaría como prototipo de lo humano… Dicho en el sentido más mozartiano del término, es decir, como el límite al que como especie podemos llegar con el mismo par de ojos y orejas que todos tenemos. Es más: el mejor retrato que conocí de Carlos Monsiváis había sido pintado siglos atrás, en otro confín del mundo, cuando el mismo Wolfang Amadeus escribiría So cavalier, tres doucement, el andante para su 19º concierto para piano; esa sabia picardía para deambular entre la belleza certera, no sin sorpresa pero como si sólo exudara sus humores de jovenzuelo marcado por un destino de genio, a la vez consciente e inconsciente en malabares reservados a unos pocos, en gestos irrepetibles y atesorados.
Monsiváis—esponja. Mitad sarcasmo a lo Ibargüengoytia, mitad la gracia de escribir tal como se habla a lo María Luisa “La China” Mendoza; mitad la lucidez de investigador policíaco del inconsciente colectivo a las maneras de Paz y de su tocayo Carlos Fuentes; mitad combatiente de la estulticia social del “ái-se-vá” como se afanaba otro tocayo también ya muerto, Carlos Montemayor que Dios tenga a su izquierda; mitad el encanto de producir constante, terca, machaconamente de Tchaikovski (para no volver a citar al mejor hombre del mundo, Mozart).
El Carlos amante de sus felinos caseros que consiguieron finalmente asesinarlo, silenciosamente como sólo una horda de gatos pudieron hacerlo. El coleccionista, de baratijas que le relacionaron siempre a su secreto cariño, la antropología de la que podía comer tres veces al día.
Heredó la necesidad de pintarnos en un único mural tan de patotas y manotas como el más lúcido Diego Rivera. En una catequesis para sacudirnos ante las pequeñas miserias urbanas.
Ojalá su innata bondad caiga sobre nosotros nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Cuando lo seamos sabremos al fin que su vida sirvió para algo más que los halagos que se le regalaron y los halagos que no le dispensaron mediocres e interesados.
La historia es creada sólo por los francotiradores, diría hoy Vladimir Kibalchich, de noble recuerdo. (1161) |