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Escrito por Ricardo Alemán   

MÉXICO. 23MAY2011.— Seguramente muchos recuerdan que el gobernador Mario López Valdez llegó al poder en Sinaloa, gracias a la genialidad de las alianzas entre azules y amarillos.


Pero lo que seguramente pocos saben es que, en los primeros meses de gestión, el gobernador López Valdez —cuyo acrónimo de Malova lo hizo popular— ha decepcionado a no pocos de sus simpatizantes, no sólo por su nula tolerancia a la crítica, su gusto por la persecución de periodistas locales, sino porque en unos cuantos meses afloró el político autoritario y silvestre que lleva dentro.



Y claro, hoy no aparecen por ningún lado los políticos y líderes que lo impulsaron —del PAN, el PRD u otras yerbas partidistas—, que respondan a los ciudadanos si esa era la experiencia que prometieron a los sinaloenses. Hoy nadie asume y menos explica lo que ya se anuncia como otro gobierno fallido en Sinaloa.


Y una muestra del autoritarismo y la pequeñez de Malova la dio el mandatario hace pocos días, cuando propuso prohibir la difusión de los narcocorridos, con el argumento de que los grupos musicales y las bandas que los interpretan, lo que en realidad promueven es “una apología de héroes de oropel”, además de que “incitan a muchos jóvenes a convertirse en delincuentes”.


Está claro que el llamado y la propuesta de Malova parecen un grito desesperado ante su incapacidad como gobernante para contener el avance del crimen y la violencia —subproductos del florecimiento del narcotráfico—, que por más de medio siglo se ha enseñoreado en estados como Sinaloa.


Y acaso porque algunos creen que “matando al perro se acaba la rabia”, el llamado de Malova fue aplaudido por sectores sociales que gustan de la prohibición, la sanción y la represión, como salida a los problemas sociales.


Pero lo que ignoran Malova y sus aplaudidores es que, cuando un gobierno intenta cancelar libertades básicas —como la que asiste a los ciudadanos a escuchar lo que les plazca, y a los grupos musicales a tocar y cantar lo que reclama la gente—, simple y llanamente ese gobierno ha tomado la ruta del autoritarismo y la represión.


Y es que resulta ridículo y silvestre justificar la proliferación de bandas criminales y mafias del narcotráfico, por el florecimiento de los narcocorridos. Más aún, es una simplificación grosera sostener que los narcocorridos incitan a muchos jóvenes a convertirse en delincuentes.


Bueno, es tan absurda la propuesta de Malova, que ahora resulta que en México no es delito consumir cualquier tipo de droga, pero sí podría ser delito escuchar cualquier tipo de música o canción. O sea, un ciudadano se puede meter toda la droga que quiera, pero no escuchar todos los corridos que le plazcan. Mas, acaso sin darse cuenta, Malova puso el dedo en la llaga en cuento al florecimiento de la industria del crimen. ¿Por qué?


Porque si bien la decisión de consumir drogas, beber alcohol, fumar tabaco; de apostar o jugar compulsivamente, son decisiones personales, actividades lícitas —y en casos asociadas a patologías ya estudiadas—, la decisión de convertirse en narcotraficante, capo, miembro de una banda del crimen organizado, no tiene por qué ser vista como una actividad de supervivencia, de extremo social. ¿Por qué? Porque la actividad criminal, con todos sus riesgos, es vista por sus practicantes como una alternativa aspiracional, más que como última puerta de supervivencia. ¿De verdad se meten al narco y al crimen, porque no hay de otra?


No, la verdad es que no pocos de los que deciden incursionar en narcotráfico, secuestro, tráfico de personas, venta de drogas, robo de coches, trata de blancas… lo hacen por ambición, porque aspiran a ganar mucho dinero y de manera rápida. ¿Cuántos criminales lo son, por el gusto a los corridos? Son criminales por el gusto al dinero fácil, abundante y de manera rápida. Y, claro, porque el costo beneficio es a favor del beneficio. Todo ello por la escandalosa impunidad. Por eso, culpar a los corridos del creciente número de aspirantes a criminales es, por decirlo suave, una grosera justificación de la incapacidad para gobernar.


Culpar a los narcocorridos por el florecimiento del trabajo criminal es igual que culpar al Estado de que cada día más mexicanos prefieran ser narcos, secuestradores, polleros; antes que obreros, oficinistas, médicos, maestros, ingenieros… ¿Por qué? Porque las actividades del crimen y el narco son más rentables, permiten un rápido enriquecimiento y dan todo lo que, difícilmente, sus practicantes tendrían en otra profesión. Para bien o para mal, claro. (401) 

 
  • La frase

    “Me voy cuando los maestros me lo pidan”.

    Profesora Elba Esther Gordillo al responderle a Josefina Vázquez Mota cuando afirmó que es tiempo de acabar con caciques. Gordillo dice que no obedecerá a directrices o presiones de gente que no tiene nada que ver con el sindicato.   (17MAY2012)

  • La pregunta

     

    Bajo la mesa, el inconsciente colectivo mexicano asocia —desde hace más de un siglo (el expresidente Abelardo L. Rodríguez)— a los políticos con el narco. La palabra "Jefe" ha cambiado de sentido.  Generaciones atrás, jefe era patrón, padre anciano, pero Los Tigres del Norte hicieron famoso un corrido acerca del narco Arturo Beltrán Leyva, llamado "El Jefe de Jefes".

    En el panismo, se llamaba Jefe a Diego Fernández de Cevallos y ahora la candidata por ese partido, Josefina Vázquez Mota, ha llegado a una crisis  ante los votantes y entre las medidas del golpe de timón anuncia que será "La Jefa".

    ¿Es Josefina Vázquez Mota más jefa que Diego? ¿Es una Jefa de Jefas? ¿Busca alcanzar su liderazgo con un protagonismo tan obvio como los arrebatos de cualquier capo? o será que ¿Quiere negociar de Jefa a Jefe?

Revista En Equipo, El México del noroeste
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