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Escrito por JUAN MANUEL ZAZUETA   

HERMOSILLO, SONORA. MX. 26JUL2011.— Cuando el crecimiento de alguna ciudad se resume en negocio, los habitantes pasar a crecer no ya como vecinos sino como consumidores. Décadas atrás México dejó de ser un país rural: el normal atractivo de aterrizar en ciudades —sin urbanismo efectivo alguno— ha producido dos fenómenos igual de malévolos: el abandono de la agricultura (que indefectiblemente se encamina  a  la dependencia alimentaria) y la metástasis de comunidades espontáneas, toleradas, sin sustento de infraestructura, deficitarias en suministro de servicios básicos.


Las nuevas ciudades han ido decayendo en viejos cascos urbanos deprimidos, ahorcados por favelas; este re poblamiento azaroso es otro subproducto del reparto de fundos municipales como prebendas políticas, porque los inmigrantes que siguen huyendo de la miseria rural han de ser masas de votantes (a favor del estatus político de las familias terratenientes), “agradecidas” por el regalo de terrenos invadidos con ayuda de liderazgos venales.


Se llaman desarrolladores a los especuladores de las periferias aún silvestres y abarcan desde los tratantes de bienes raíces hasta las constructoras efímeras que ofrecen lo que la gente llama pichoneras así sean de lujo.


En reciente visita a Washington D.C., el presidente municipal de Hermosillo, Sonora, recibió la calificación de algún organismo desconocido que nombra a esta ciudad con el ambiguo mote de una de las cinco ciudades más prometedoras como disparadora de un desarrollo de importancia sustancial. Es decir, un imán para el progreso. Falta que la autoridad de la ciudad defina lo que entiende por progreso: hacer saber qué tan mediana ha de ser Hermosillo, sobre todo dada su horizontalidad y los siempre deficientes servicios de energía y de agua potable… De cara al interminable problema del transporte urbano y lo duradero que pudiera mantenerse como urbe sin violencia cuando hay atisbos de que, estando en la ruta del narco, el futuro no es muy risueño. Esto sin considerar siquiera la nefasta ecuación entre el clima semidesértico extremoso frente a la notable ausencia de drenaje pluvial. Ni tampoco la incipiente cultura urbana de sus habitantes, tal como lo demuestra su pobrísima cultura vial. Tampoco el alto costo de la vida. Aun hoy, los hermosillenses festejan vivir en un pueblote.


A nadie parece importarle que Hermosillo, ciudad de un piso, ha venido creciendo exponencialmente, como indican las cifras: 10,613 habitantes (1910); 29,473 (1940); 43,000 (1950); 95,978 (1960) 340,778 (1980); 448,966 (1990) 784,342 (2010). ¡En un siglo creció casi 74 veces!


Todo esto viene a cuento a raíz del anuncio de trasladar el amado parque de beisbol Héctor Espino al oriente de la ciudad —un polo nuevo, ya que el norte ha sido el destino hasta hace poco—; que vendría a detonar el crecimiento de la mancha urbana rumbo a la Costa, el gran basurero negro de la ciudad; parque nuevo que daría lugar ¡a mil asientos más de los 15 o 16 que es el aforo semivacío del actual! Pero que recibiría el año 2012 “La Serie del Caribe”, festejo internacional que dura una semana. Pero a su alrededor se lotificaría y equiparía por el Estado para ganancia de la iniciativa privada comercial, prometiéndoles aún más dinero del que ya tienen.


¿Y si Hermosillo como ciudad mediana y aspirante no hace mucho a ser la capital del noroeste que se quedo dormida ante la avalancha poblacional, aquí donde circulan 445 mil automóviles ya vivió su mejor época? 


Ante la inagotable apetencia de los gobiernos de derecha es presumible que el actual Hermosillo crecerá como pueblote. En tal caso, exigimos nuestra rebanada del pastel. Ya veremos cómo, diremos los cómplices.

 
  • La frase

    “Me voy cuando los maestros me lo pidan”.

    Profesora Elba Esther Gordillo al responderle a Josefina Vázquez Mota cuando afirmó que es tiempo de acabar con caciques. Gordillo dice que no obedecerá a directrices o presiones de gente que no tiene nada que ver con el sindicato.   (17MAY2012)

  • La pregunta

     

    Bajo la mesa, el inconsciente colectivo mexicano asocia —desde hace más de un siglo (el expresidente Abelardo L. Rodríguez)— a los políticos con el narco. La palabra "Jefe" ha cambiado de sentido.  Generaciones atrás, jefe era patrón, padre anciano, pero Los Tigres del Norte hicieron famoso un corrido acerca del narco Arturo Beltrán Leyva, llamado "El Jefe de Jefes".

    En el panismo, se llamaba Jefe a Diego Fernández de Cevallos y ahora la candidata por ese partido, Josefina Vázquez Mota, ha llegado a una crisis  ante los votantes y entre las medidas del golpe de timón anuncia que será "La Jefa".

    ¿Es Josefina Vázquez Mota más jefa que Diego? ¿Es una Jefa de Jefas? ¿Busca alcanzar su liderazgo con un protagonismo tan obvio como los arrebatos de cualquier capo? o será que ¿Quiere negociar de Jefa a Jefe?

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